Tuesday, March 15, 2011

Conflicto cultural y adaptación paulatina: La evolución de las colonias de inmigrantes alemanes en el sur de Chile.




De aproximadamente cinco y medio millones de ciudadanos alemanes que dieron las espaldas a Europa entre los años de 1820 y 1920 con el pro­pósito de forjarse una vida más llevadera al otro lado del océano, la mayo­ría (aproximadamente el 90%) se embarcó rumbo a los EE.UU. de Améri­ca o el Canadá[1]. Sólo varios cientos de miles se dirigieron hacia América del Sur, en donde prefirieron las zonas de clima moderado, como el sur del Brasil, la Argentina, el Uruguay y Chile[2]

Chile acogió alrededor de once mil (11.000) inmigrantes alemanes, nú­mero relativamente bajo comparado con otros pafses latinoamericanos. Esto se debe a que, por un lado este país era poco conocido en Europa y disponía de menos espacio colonizable que el Brasil o la Argentina, por el otro, la distancia y las penurias del viaje eran mayores, ya que había que doblar el cabo de Hornos. En cuanto al origen social y regional de los inmigrantes, no se pueden constatar grandes diferencias entre éstos y los caudales migratorios que, en olas consecutivas, alcanzaron otros desti­nos de migración[3]. El primer grupo de colonizadores que llegó a Chile a mediados del siglo diecinueve estaba compuesto sobre todo por campe­sinos, artesanos y comerciantes del oeste y del sur de Alemania. Más tar­de, sobre todo después de 1880, la mayoría eran obreros de la industria y del campo proveniente de la región al este del río Elba. El gobierno chi­leno reclutaba colonos en Alemania por medio de agentes, controlando así sistemáticamente el desarrollo del proceso de colonización, cuyo pro­pósito era urbanizar el sur del país. Era éste un vasto territorio de selvas y lagos, el cual, aunque pertenecía ya al territorio chileno, estaba aún prácticamente virgen, debido a que, entre otros factores, estaba separado de Santiago, la sede del gobierno, ubicada en el centro del país, por una vasta zona en la que prevalecían los Araucanos, una tribu de indios hosti­les. 

En adelante nos dedicaremos a las dos colonias de inmigrantes alema­nes más antiguas y de mayor importancia, que lograron conservar por más tiempo su identidad cultural dentro del medio ambiente chileno, ubi­cadas en la región de las ciudades de Valdivia y Osorno, así como en el territorio que circunda el lago Llanquihue. Analizaremos primero las ra­zones por las cuales los inmigrantes se aferraron durante varias genera­ciones tenazmente a los usos y costumbre del país de origen y observare­mos luego como estas tradiciones culturales van menguando, se hacen más frágiles y menos funcionales en el transcurso del tiempo, hasta que claras tendencias asimilatorias ganan la delantera. 


Observando la situación cincuenta años después de la llegada del pri­mer contingente de colonizadores alemanes a Chile constatamos un efecto doble: por un lado, el aprovechamiento extremamente hábil y eficaz de los recursos materiales que ofrece la región, por el otro, un aislamiento hermético contra cualquier influencia social o cultural de parte de la so­ciedad oriunda. 

Todos los observadores que visitaron esta región antes de 1850 y vol­vieron a ella décadas después concuerdan en que esta zona fue urbanizada y alcanzó su auge económico gracias a los inmigrantes alemanes[4]. La re­gión de selvas pantanosas alrededor del lago de Llanquihue se había con­vertido entretanto en una colonia de ricos agricultores y los antiguos pues­tos de administración de sombría letargía, Valdivia y Osorno, en centros urbanos de mediano tamaño con un considerable surtido de mercancías y servicios. El sentido práctico y la capacidad de adaptación de los in­migrantes demostraron ser de gran ventaja, especialmente en aquellos lu­gares, en los que encontraron condiciones fundamentalmente opuestas a las de su país. Le.: el arduo trabajo de la quema, por medio de la cual los suelos eran preparados para la agricultura y la ganadería; la creación de aquella infraestructura básica, sin la cual ninguna colectividad puede sub­sistir permanentemente, como la construcción de caminos y puentes, la fundación de escuelas y el establecimiento de servicios de policía, etc.; fi­nalmente, el pronto establecimiento de una red comercial dentro y hasta fuera de la región, que aseguraba el intercambio de mercancías. Con base en los productos primarios locales, se fundaron más adelante empresas industriales, bancos, casas de importación y exportación, y se formaron grandes latifundios. Aun cuando toda la población de la región (que entretanto había aumentado considerablemente) disfrutaba del auge eco­nómico, éste favorecía en primer lugar a los colonizadores alemanes y a sus descendientes, los que a partir de entonces formaban la élite económi­ca regional. 

La actitud sumamente reservada, que hasta rechazaba la mentalidad, las convenciones sociales y el estilo de vida autóctono que los rodeaba, harto contrastaba con la premura con la que los inmigrantes supieron aprovechar las oportunidades que se les ofrecían para lograr el éxito mate­rial. Con su manera de proceder, los inmigrantes alemanes realizaron en sumo grado las esperanzas expresadas por J.E. Wappáus y otros pensado­res nacionalistas de los años cuarenta del siglo diecinueve con respecto a la fundación de colonias nacionales como punto de partida de una germanización de la América del Sur[5]. Las comunidades fundadas eran copia 

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fiel, aunque en pequeña escala, de la imagen que representaba la sociedad alemana entre 1850 y 1880. La semejanza comenzaba con la forma exte­rior y la decoración interior de las casas, el estilo de la vestimenta y de las costumbres cotidianas, continuaba en la subdivisión de las colonias en grupos por procedencia regional y diferentes confesiones, así como en la estricta limitación del trato social y casamiento con miembros del pro­pio grupo, y culminaba en la réplica de todas aquellas organizaciones, en parte necesarias y en parte útiles a la distracción y la diversión, ¡.e.: el cuer­po de bomberos voluntarios, la caja de seguros contra enfermedad y de muerte, comunidades escolares y eclesiásticas, clubes de gimnasia, tiro al blanco, bolos, juego de naipes, canto y muchos más. Cómo se explica este fervor con el que los inmigrantes se proponían a reconstruir su antigua patria? Sobre todo, cómo se entiende que durante décadas (en total alrede­dor de un siglo) se aferraron a sus antiguos usos y costumbres y a sus orga­nizaciones, a pesar de estar expuestos a la presión de integración y el trato constante con el pueblo chileno? 

Un factor que ejerció cierto peso fue el hecho de que los inmigrantes no habían emprendido el viaje solos, sino que habían salido de Alemania en grupos, y como tales fueron ubicados en el sur de Chile. Aun aquellos inmigrantes que se habían unido a los colonizadores más tarde, habían estado en algún contacto con ellos anteriormente, ya sea por medio de pa­rentesco, ya sea que provenían de un mismo pueblo o de una misma re­gión. No hubo pues, ningún momento en que los emigrantes estuviesen soc¡almente aislados o desligados de su comunidad y de su cultura de ori­gen. Junto con el transplante de comunidades étnicas enteras, fue transfe­rida también una amplia base de tradiciones comunes, valores intrínsecos y normas de conducta, de manera que nunca aflojó seriamente el control social del individuo por parte del grupo. Estos efectos fueron reforzados y profundizados por el hecho de que los inmigrantes llegaban en parejas o familias enteras. Sobre todo la contribución de las mujeres en la conser­vación de las antiguas costumbres y la idiosincracia fue de incalculable valor. En una investigación del año 1950 se comprobó que muchas muje­res en las colonias descendientes de alemanes aún hablaban sólo el ale­mán, quedando así limitado su horizonte a aquellos valores que les eran transmitidos o proporcionados en su idioma[6]

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Dicho sea, que el gobierno chileno (enía cabal conciencia de las conse­cuencias que esto traía consigo. No por casualidad había planeado el es­tablecimiento de colonias enteras de inmigrantes, prefiriendo familias a personas solas y reclutando labriegos y artesanos alemanes, los cuales eran apreciados por su resistencia y su modestia. Al ver la rapidez con que aumentaba la prosperidad y el poder del grupo alemán, surgieron reparos en Santiago sobre si, inconscientemente, se había fomentado la creación de un "estado dentro del estado". Por consiguiente, se tuvo cuidado en el futuro de mezclar colonizadores de diferentes naciones europeas en los proyectos de asentamiento de colonias. El resultado de esta medida fue impedir la formación de comunidades étnicas cerradas; sin embargo tuvo como consecuencia una menor asiduidad, ambición y perseverancia de los colonos, de los cuales muchos vendieron los terrenos alotados, desplazán­dose a las ciudades en busca de un ingreso y un futuro menos arduo[7]

Conviene además tener presente que los colonizadores alemanes se vieron arrojados a lo que podemos calificar de vacío cultural. La región se encontraba no sólo económicamente inexplorada, sino también escasa­mente habitada, y además lejos de la región central de Chile que domina­ba política, económica y sociaJmente. Por consiguiente faltaba en absolu­to la más mínima presión de aculturación, especialmente en las zonas des­pobladas alrededor del lago de Llanquihue. En este sentido la situación era completamente distinta a la que encontraron, por ejemplo, los coloni­zadores alemanes en el sur del Brasil, que se hallaban rodeados de grandes terratenientes de alto prestigio social. La clase dirigente que los colonos encontraron en Valdivia y Osorno era numéricamente insignificante y no tenía importancia económica ni política, así que no representaba un serio desafío. Los recién llegados no tuvieron necesidad imperante de poner a prueba su eficacia ni de defender sus conocimientos, sus aptitudes y su forma de vivir contra la resistencia de los criollos. En vista del estado de­solado en que se encontraba el "pequeño sur", se vieron prácticamente obligados a realizar sus propias ideas en todos los ramos y a rendir trabajo constructivo. 

El aislamiento relativo en que se encontraban los inmigrantes en un co­mienzo, fue mas tarde levantado por el derrotamiento de los Araucanos y la colonización de la región que estos habitaban, por el incremento de los lazos comerciales del sur con la región central y, sobre todo, por la lle­gada de muchos chilenos que venían, atraídos por la creciente prosperi­dad de la zona. La gradual incorporación geo-económica y demográfica de las comunidades de colonizadores alemanes en el estado nacional chi­leno no iba acompañada sin embargo, de una integración correspondiente en la sociedad chilena. Esto se debía primordialmente a que ambas cultu­ras estaban caracterizadas por sistemas de valores no sólo diferentes, sino en parte opuestos. Chile, que en ese entonces se acababa de independizar de la corona española, era en aquella época, y lo sigue siendo hoy en día, un país al cual le imprimieron su sello sobre todo inmigrantes provenientes de los países latinos de Europa. Su tradición católica explica en parte la inclinación de sus habitantes hacia el formalismo, su amor por lo repre­sentativo, los ritos y la retórica, su tendencia hacia la rigurosidad en los principios y la teoría, la cual no excluye, sin embargo, una considerable tolerancia así como una disposición casi ilimitada a concesiones y compromisos en la práctica. En esa cultura el trabajo, sobre todo el traba­jo físico, tenía un rango muy bajo en la escala de valores, considerándose­le un mal necesario que en lo posible debía dejarse a cargo de subordina­dos. Todos estos rasgos se encontraban y aún se encuentran hoy en día, con ciertas insignificantes modificaciones, entre los pobladores de la ma­yoría de los demás países latinoamericanos. El grupo de inmigrantes ale­manes, formado en sus dos terceras partes por protestantes, provenía de un mundo muy diferente, un mundo pragmático de trabajo, regido por virtudes como el comedimiento, el sentido de responsabilidad, el amor al orden, la puntualidad, la obediencia y la autodisciplina; en el que el hombre era juzgado menos por sus palabras y sus calidades retóricas que por su comportamiento, y en el que la voluntad de trabajar y de subir la escala social no iban acompañados de resabio vulgar, sino se considera­ban virtudes cimentadas finalmente en la religión (según Max Weber)[8]. Las experiencias de pionero y la necesidad de adaptarse a un ambiente completamente nuevo, contribuyeron más a fortalecer que a menguar es­tos valores. 

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En efecto, se encontraron aquí no sólo dos culturas irreconciliables, si­no también diferentes clases sociales, más aún: dos órdenes sociales. La sociedad chilena a mediados del siglo diecinueve se componía, de igual manera que la sociedad argentina y la mexicana de aquella época, tan sólo de dos clases: por un lado una pequeña clase alta a la que pertenecían los jefes políticos y de la administración, los grandes terratenientes, algunos ricos comerciantes y profesionales, sobre todo médicos y abogados, y por el otro lado, el pueblo, compuesto por labriegos, pequeños arrendatarios, campesinos, artesanos, comerciantes y criados. Como hemos visto, los co­lonizadores alemanes en cambio, provenían sobre todo de la clase media de un país en v¡as de industrialización. Aquí estaba su gran ventaja, ya que, gracias a su procedencia de una sociedad de más elevado desarrollo econó­mico y mayor diversificación de ramos de trabajo, disponían de habilida­des manuales, conocimientos teóricos y técnicos que no tenían equivalen­te en el Chile de aquella época. Como representantes de la clase media de una nación que se encontraba en la fase del take-off industrial, repre­sentaban asimismo un concepto de rendimiento, poseían una mentalidad y aspiraciones que los ponían obligatoriamente en confrontación tanto con las clases bajas como con las clases altas de Chile. Un acercamiento a la clase baja chilena era imperdonable, ya que esto hubiese significado un descenso social, que los inmigrantes temían profundamente[9]. Una acogida y la aceptación por parte de las clases altas chilenas estaba por lo pronto fuera del alcance social de los inmigrantes. Aún fueron pocos sus descendientes que lograron penetrar en la élite nacional de poder. Por consiguiente, la mayoría permaneció dentro del núcleo social del que pro­venía, y el que les brindaba seguridad de orientación y de comportamien­to: su propio grupo étnico. 

Tampoco había razón de abandonar el grupo, ya que las colonias ale­manas llegaron a ser un factor influyente de poder económico a escala re­gional que disfrutaba de gran aceptación social. Aunque numéricamente de poca importancia (ya que constituían solamente el 5% de la población total de la región), los chileno-alemanes eran dueños de la mayoría de las grandes empresas comerciales, los bancos y las industrias. Una gran parte de los criollos trabajaba para ellos, o dependía de ellos indirectamente en sentido económico. Su rápido progreso suscitó la envidia de los chilenos, lo que indujo a los colonizadores a unirse aún más estrechamente en defensa propia. La tupida red de instituciones y asociaciones arriba men­cionada, sobre todo el colegio alemán y las iglesias protestantes, impedía que el individuo eludiese desapercibidamente el control del grupo étnico. Las contribuciones voluntarias por medio de las cuales eran financiadas estas instituciones, daban ocasión al individuo de identificarse periódica­mente con la comunidad y proporcionaban a ésta indicio seguro de la fu­tura lealtad de los ciudadanos de origen alemán. 

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El prestigio internacional y la creciente influencia mundial del imperio alemán a partir de 1870[10] representaba un factor importante adicional pa­ra la solidez y la cohesión del grupo étnico chileno-alemán. Los inmigran­tes, que siempre se habían considerado representantes de una nación y una cultura superiores, veían su convicción corroborada por los acontecimien­tos de 1870 y los años siguientes, cuando Alemania derrotó primero mili­tarmente a Francia y luego se dedicó a disputar a Inglaterra su vieja hege­monía económica en el mercado mundial. En vista de la creciente impor­tancia global del Imperio Alemán, era incomparablemente más halagador para un chileno-alemán declararse y sentirse alemán que chileno. Hubiese requerido una enorme presión de asimilación hacerlo renunciar a estos lazos. Ni la sociedad chilena, ni el pueblo chileno en aquel entonces esta­ban en condiciones de ejercer tal presión"[11]



II 

"Adaptación sin asimilación", así podríamos resumir el resultado de nuestras observaciones sobre el comportamiento de los inmigrantes prove­nientes de Alemania y sus descendientes en Chilel2. Esta fórmula, sin em­bargo, no define cuál era la idea de cultura alemana a la que los inmigran­tes guardaban fidelidad, y tampoco en qué forma se desarrolló su relación con Alemania, con su política, su cultura y su sociedad en el transcurso del tiempo. Fueron pocos los que podían permitirse el lujo de regresar a Europa ocasionalmente para así estar al corriente de los cambios aconte­cidos. La gran parte de los ciudadanos chileno-alemanes conservaba una imagen de su antigua patria que correspondía casi exactamente a las con­diciones que prevalecían en Alemania en el momento en que sus antepasa­dos la abandonaron. Aferrándose durante varias generaciones con no­table tenacidad a ciertos usos, normas de conducta y formas sociales, mantuvieron un orden social que había sido válido en la segunda mitad del siglo diecinueve, así como los valores intrínsecos del mismo. Hasta el mismo Blancpain, gran admirador de las virtudes y la eficacia de los ale­manes en Chile, admite que su amor al hogar y el cultivo de sus tradiciones conllevan elementos de una mentalidad cerrada, de inflexibilidad y falta de realismo, originarios de un concepto sublimado del carácter y de la mentalidad alemana, desprendido del tiempo[12]

Desafortunadamente, ninguno de los autores que han estudiado las co­munidades alemanas en el sur de Chile se ha encargado de analizar a fon­do los diferentes períodos y fases de gradual desprendimiento de este gru­po étnico de la sociedad matriz. Si reunimos las referencias y observa­ciones ocasionales que hayamos sobre este tema en las monografías perti­nentes, podemos esbozar el siguiente esquema: 

1° fase: Migración, trauma de separación, tiempo de pionero en Chile, absorción por problemas inmediatos de subsistencia. 

2°  fase: Reconstrucción de la "antigua patria". 

3° fase: Primeros síntomas de desprendimiento: la pérdida de nociones concretas sobre Alemania y la creciente incapacidad de evaluar de forma real la situación en aquel país, van acompañadas por una identificación profesa con el Imperio Alemán y la cultura alemana. 

4° fase: El proceso de alienamiento continúa: La adherencia a la depen­dencia alemana y la pertenencia a la cultura alemana siguen pautas más selectivas y arbitrarias; sirven primordialmente para acrecentar el status personal y legitimar la posición privilegiada en Chile. 

5 a fase: Fortalecimiento de las tendencias de integración en la sociedad chilena; desmoronamiento de la unión interna de las comunida­des de descendencia alemana. Alemania se convierte en un país extranjero; la conciencia de su procedencia de ese país se convier­te en un recuerdo nostálgico. 

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La clasificación por fases no se ha de entender como un esquema rígido de sucesión temporal de períodos. Los procesos que caracterizan las dife­rentes fases de desprendimiento están en parte entreverados y pueden congruir por largo tiempo. Se trata más bien de un modelo que tan sólo intenta demostrar la dirección general de este desarrollo. Para facilitar su comprensión comentaremos en breve las diferentes fases. 

Si queremos abarcar la gama de experiencias que en el transcurso del tiempo se interpusieron entre las islas lingüísticas alemanas de Chile y la antigua sociedad matriz abandonada en el siglo diecinueve, debemos co­menzar por los acontecimientos dramáticos que ocasionaron tanto la emigración como la primera fase del asentamiento en el nuevo país. La investigación comparativa de migraciones hizo observar que procesos de traslado duraderos producen en los participantes reacciones específicas, generalmente notables. Si tomamos como ejemplo las familias refugiadas en la República Federal de Alemania después de la guerra (1945-1949), in­vestigados por H. Schlesky, descubriremos una serie de rasgos que coinci­den en forma sorprendente con aquellos que encontramos en las familias alemanas que inmigraron a Chile alrededor de cien años atrás[13]. Son entre otros: a) una mayor estabilidad dentro de la familia. También entre las pri­meras generaciones chileno-alemanas se observa una fuerte coherencia fa­miliar. La separación de los cónyugues es prácticamente inexistente y tam­bién los hijos adultos cultivan lazos muy estrechos con los padres, aun después de fundar sus propios hogares, b) Un marcado desinterés en las cuestiones sociales de orden general. Este rasgo caracteriza, asimismo, los pobladores alemanes y sus descendientes en Chile; hablaremos de él más adelante en otra conexión, c) El esfuerzo de la familia por volver a lograr su ascenso social. Ya hicimos hincapié sobre el esfuerzo de los inmigrantes de lograr a toda costa el status social que disfrutaban en Alemania y el temor al descenso social y la regresión cultural, d) El predominio de las relaciones de neta solidaridad sobre las relaciones personales, e) Un crite­rio realístico hacia la elección del cónyugue, el matrimonio y la paterni­dad. Existen entre los colonizadores numerosas pruebas que documentan este punto de vista poco romántico del matrimonio y la reproducción. De manera que eran bastante comunes uniones entre descendientes de fami­lias vecinas, para las cuales un aspecto muy importante era la exploración mancomún de la propiedad. Ya que numerosos descendientes representa- 

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ban un considerable potencial de mano de obra, son contadas las familias con menos de cinco hijos. A las diferentes características familiares desta­cadas por Schelsky falta agregar una consecuencia más, generalmente tí­pica de migraciones, o sea, una acentuada nivelación de las diferencias sociales del grupo inicial. A pesar de que algunos inmigrantes poseían más capital y bienes que otros a su llegada a Chile, el largo viaje lleno de penurias y de más de tres meses de duración y la obligación de un nuevo comienzo bajo circunstancias iguales creó, por lo menos en el primer tiempo, una igualdad de condiciones y el consiguiente sentido de solidari­dad, que discrepaba claramente de las experiencias que los colonos habían tenido en Alemania anteriormente[14]


La segunda fase de la edificación de una nueva sociedad según el mode­lo de la antigua patria no requiere mayores aclaraciones, ya que se habló de ella en el primer párrafo. Tan sólo queda recordar una vez más que en 

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esta fase el proceder de los colonizadores era dictado más por las necesida­des funcionales que por decisiones conscientes por una u otra forma so­cial y de vida. La deficiente exploración de las tierras a las que fueron arro­jados, la falta total de una infraestructura adecuada y de un sustrato so­cial, desafiaban a imprimir su sello a la región, de formar los diferentes ámbitos de acuerdo a sus ideas. ¿Y qué modelos, técnicas y patrones podrían haber aplicado, sino los que habían utilizado con éxito en Alema­nia? 

Esta obligación de tomar la inicialiva, suscitada por la situación de co­lonos, es la diferencia principal entre la segunda y la tercera fase, estando ésta última bajo el signo de un creciente enajenamiento hacia la antigua patria que se encontraba en constante desarrollo, por un lado y la procla­mación enfática de pertenencia a la misma, por el otro. Los colonizadores entretanto se han arraigado en la región; han quedado atrás los primeros años arduos, en los cuales tenían que empeñar todas sus fuerzas para sobrevivir; la colonia alemana se ha consolidado y disfruta de creciente prestigio. Una vez resueltos los problemas fundamentales de subsistencia, pasa ahora a primer plano la edificación e instalación de aquellas entida­des dedicadas a fines educacionales, religiosos y sociales[15]. A estas altu­ras, los pobladores están ya bastante bien familiarizados con los rasgos característicos de la vida y la mentalidad chilenas, de modo que teórica­mente les sería posible procurar cierto acercamiento a la nueva cultura. Más que en los primeros tiempos, el rechazo acentuado de todas las nor­mas de conducta y de la idioscincracia de los autóctonos, demuestran una concientización y ética específicas. Refleja la común determinación de no dejarse absorber como grupo étnico por la nueva sociedad, de defender con todos los medios su pertenencia a la nación y a la cultura alemanas. Esta determinación de hacer frente al paso del tiempo y la presión de asi­milación por parte de la nueva sociedad, se manifiesta de forma múltiple, como por ejemplo en una minuciosa y demostrativa celebración de las fiestas y la observación de los días festivos alemanes; en la suscripción y 

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lectura regular de revistas y libros provenientes de Alemania; en el cultivo de relaciones familiares y comerciales con la patria, a la que siempre y cuando pecuniariamente posible, envían sus hijos a estudiar; finalmente, en el constante esfuerzo de conservar el idioma alemán y el culto protes­tante en la colonia. Para estar a la altura del desarrollo en Alemania se hace lo posible por traer maestros y párrocos directamente de allá. Como prueba adicional de la orientación unilateral hacia la sociedad matriz se puede citar el franco desinterés que los chileno-alemanes demostraban por los acontecimientos políticos de su nueva patria. Esta indiferencia, que podía explicarse en un comienzo con la concentración total de sus energías en el propio progreso material (generalmente típica en todos los inmigrantes) en las fases posteriores sólo se entiende teniendo en cuenta la convicción de los colonistas y sus descendientes de vivir en una especie de isla, por lo que sólo debían ocuparse de asuntos regionales. La política del estado chileno, tanto como las decisiones políticas a nivel nacional no tenían relevancia para ellos[16]. Apenas relativamente tarde aparecen nombres alemanes en la lista de miembros de la cámara de diputados, sin embargo ninguno de los diputados alemanes alcanzó jamás una posición política clave. Si las reformas de las fuerzas militares y del sistema educati­vo chilenos se realizaron basándose en modelos alemanes y bajo la direc­ción de especialistas alemanes, no fueron las colonias alemanas del sur de Chile las que dieron el impulso. La iniciativa de aprovechar las expe­riencias alemanas en los campos citados surgió exclusivamente del gobier­no chileno. 

En la insistencia del alemanismo y de su apego a Alemania que acaba­mos de observar en los colonizadores en la tercera fase de nuestro es­quema, se percibe subrepticiamente la preocupación de enajenarse gra­dualmente de la antigua patria, de perder el contacto con la misma y la comprensión de los cambios sociales, intelectuales y políticos que en ella ocurren. Este temor secreto al desacoplamiento de la nación matriz se convierte durante la cuarta fase en un hecho que compenetra la conciencia colectiva, con el que el chileno-alemán aprende a vivir. Toma ahora clara conciencia de su posición específica como miembro de un grupo étnico que se encuentra geográfica y socialmente lejos de Alemania, dentro de un contexto espacial y social totalmente diferente; comprende que sus ideas 

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e intereses no concuerdan en iodos los puntos con las corrientes domi­nantes en Alemania y se conforma con ello. Sería sin embargo, prematuro deducir del alejamiento cada vez más visible, entre la colonia de inmigran­tes y la nación matriz, el rápido deterioro de sus "relaciones especiales". Por lo que respecta a los chileno-alemanes, hay que hablar más bien de un cambio calitativo de estas relaciones. El compromiso con Alemania y el alemanismo, nutrido por el sentimiento y la profunda convicción indi­vidual y colectiva, da lugar a, o es recubierta por, una visión más selectiva e instrumental del país de origen. Daremos algunos ejemplos: Si los chile­no-alemanes demostraban especial simpatía por el Imperio Alemán, no se debía al hecho de haber acabado con el pluralismo de miniestados ale­manes y tampoco a la veneración del emperador[17]. No hay que olvidar que muchos colonizadores abandonaron su patria en los años cincuenta por estar inconformes con el clima de opresión y de constante tutela por parte de las autoridades, que Bismarck convertía en un pilar central de la estructura del Reich. La lealtad al Imperio Alemán antes de la primera guerra mundial más bien se basaba en intereses personales bien concretos: intereses por aumentar el comercio con la floreciente potencia económica Alemania; por el futuro y continuo abastecimiento con especialistas y téc­nicos y, finalmente, por el deseo de mantener y justificar la propia posi­ción privilegiada dentro de la sociedad chilena. La fundación de una unión chileno-alemana en medio de la primera guerra mundial sólo en parte tenía como objetivo demostrar apoyo y solidaridad con la patria dis­tante, embarcada en una sangrienta batalla. De casi mayor importancia era el deseo de proteger y fortalecer la propia posición económica y social, la que se veía amenazada por violentos ataques propagandistas por parte de grupos simpatizantes con los aliados, por medio de la unión organiza­da de todos los chileno-alemanes. Motivos similares, que tenían su origen en el aislamiento del alemanismo chileno, y mucho menos en la particular situación del Retch, determinaron la acogida y divulgación, inicialmente exaltada y progresivamente más reservada, del socialismo nacional entre las colonias de habla alemana en Chile. 

La quinta fase de nuestro esquema se caracteriza por la consolidación de las fuerzas y tendencias asimilatorias, que finalmente logran imponer­se, entendiéndose ésto como una evolución de largo tiempo y de transcurso interrumpido, que ganó importancia después de la segunda guerra mundial y aún no ha concluido. Desafortunadamente carecemos hasta la fecha de un estudio sobre la aceptación y la difusión gradual de las normas de conducta y la idiosincracia autóctonas por los chileno-alemanes, como el presentado en forma impresionante por Emilio Willems sobre los ale­manes en el BrasilI9. Podemos tan sólo suponer que el proceso de aculturación tuvo su comienzo mucho antes de lo que los mismos colonizadores querían reconocer o admitir. Es de suponer que la asimilación por parte de la sociedad afitriona, así como el surgimiento de formas culturales mixtas, aconteció paso a paso, paralelamente al gradual alienamiento de la cultura de origen. La referencia a ésta última se convirtió en una confe­sión sin trascendencia, quedando reducida a una mera etiqueta tras la cual, sin embargo, se vislumbraba un sinnúmero de nuevas formas so­ciales de vida. La quinta fase tuvo su comienzo justamente en el momento en que la descendencia alemana y la conexión con los países de habla ale­mana habían perdido en gran parte su antigua función de identificación y legitimación, en que las fuerzas centrifúgales dentro de las colonias alemanas aumentaban y, sobre todo, se difundía entre la juventud el deseo de poder sentirse chilenos y ser reconocidos como tales, también fuera de las colonias[18]

Entre los factores que indujeron este cambio, algunos tienen su origen fuera de las colonias, otros están relacionados con la estructura interna de las mismas. En lo que respecta a los factores determinantes exteriores, deben mencionarse ante todo la creciente fuerza de integración y penetra­ción del estado chileno. Ha transcurrido ya mucho tiempo desde que el gobierno chileno había de competir con otros gobiernos de naciones jóve­nes en el reclutamiento de colonos alemanes en el mercado europeo de emigrantes, y se había visto obligado a hacer amplias concesiones, como excención del servicio militar, exoneración de impuestos, creación de es­cuelas propias, etc. - Hoy en día, el estado chileno controla directa o indi­rectamente todos los ramos vitales de la nación. Esto significa, entre otras 

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cosas, que gran parte de la juventud chileno-alemana con ambición de as­censo social, puede realizar su formación profesional tan sólo en escuelas de perfeccionamiento e instituciones pertenecientes al estado. Cuan poco autárquico era el sur en sentido económico, se hizo evidente ya a fines del siglo pasado. La industria del sur de Chile, que apenas comenzaba a flore­cer, recibió un fuerte golpe con la sanción por el parlamento en Santiago, de varias leyes aduaneras y fiscales. El desarrollo de Chile hacia un estado nacional integrado y centralista reduce cada vez más la libertad de movi­miento que les resta a las colonias alemanas para mantener su herencia cultural independiente. Este estrangulamiento o disecamiento conduce a una pérdida gradual de la lengua alemana, la que queda degradada a una "lengua dominical"[19] usada por los hijos a disgusto y tan sólo por cariño a los padres. Además el hecho de que Alemania había perdido dos guerras, y con ellas también mucho de su prestigio, favorece el abandono del idioma y de las costumbres y usanzas alemanas por parte de la juven­tud chileno-alemana. A pesar de su rápido restablecimiento económico después de 1948, Alemania quedó relegada a una potencia mediana en el rango mundial y tenía para Chile incomparablemente menos importancia que el Imperio Alemán antes de 1914. 

Junto a la transformación de las circunstancias externas no hay que ol­vidar los desarrollos internos que favorecen la paulatina disolución de las colonias de descendencia alemana. Dicho sea, que el grupo étnico alemán nunca llegó a ser aquella unidad hermética que pretendía manifestar hacia afuera[20]. Así, por ejemplo, el hecho de que los colonizadores pertenecían a dos confesiones religiosas distintas, representaba una barrera casi insu­perable que no sólo impedía, con pocas excepciones, relaciones sociales y casamiento, sino que a veces era causa de agresiones físicas ocasionales. También existían tensiones entre los alemanes nacidos en Chile y de na­cionalidad chilena y los alemanes del Reich, que vivían en Chile temporal­mente. Los primeros se encontraban sobre todo entre los pobladores rura­les, que eran considerados de mentalidad extremamente cerrada, intelectualmente inmóviles, y vivían aferrados al pasado; los segundos eran ante todo, empleados de las grandes empresas alemanas en los grandes centros urbanos chilenos. Al correr del tiempo se agregó a los mencionados facto­res de separación, el de la diferenciación según riquezas y pertenencia so- 

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cial, factor que socavaba la solidaridad entre los chileno-alemanes. A pe­sar de que las condiciones de partida eran generalmente iguales para todos los inmigrantes, algunos de ellos llegaron a amasar considerables fortunas en poco tiempo, mientras que otros seguían viviendo en condiciones mo­destas pasadas varias décadas, debido a que disponían de diferentes gra­dos de calificaciones, inteligencia y destreza. Especialmente en las ciuda­des se hizo notorio el desnivel de prosperidad entre los diferentes grupos de ascendencia alemana[21]; mientras que el alotamiento de parcelas de igual tamaño en las comunidades rurales trajo consigo una preservación de los rasgos igualitarios nivelados, que eran típicos de las comunidades en los tiempos de la colonia. 

Algunas variables, que a su vez fueron motivo de discordias entre los miembros de las comunidades de habla alemana, eran significativas tam­bién para la disposición de los chileno-alemanes de incorporarse a la so­ciedad y a la cultura chilena. Los católicos, por ejemplo, tenían menos inhibiciones y problemas que los protestantes en integrarse al ambiente chileno. Lo mismo puede decirse con respecto a las clases menos privile­giadas en comparación con la clase media, comenzando con que la afi­liación a las numerosas asociaciones, basadas en contribuciones volunta­rías, representaba para las familias de pocos recursos a la larga una carga financiera insoportable. En el otro extremo del espectro del estrato social, las familias chileno-alemanas afluyentes y aprestigiadas, se mostraban dispuestas a mejorar su prestigio social por medio de uniones matrimo­niales con miembros de la alta sociedad chilena. Corresponde a la lógica de la distribución geográfica que aquellas familias que vivían al borde de las comunidades alemanas estaban más expuestas a desistir del alemán que aquellas radicadas en el centro de la comunidad. De lo anterior se de­duce, que el grupo que durante más tiempo, y más obstinadamente se oponía (y aún se opone) a mezclarse con la sociedad chilena es la clase media protestante, un hecho corroborado por estudios similares sobre los alemanes en la Argentina y el Brasil[22]